El chico mira asombrado la fiesta. Cayó la noche y en el Palacio de los Deportes se respira una alegría tan contagiosa que conmueve. Hasta que Charly García sale a escena y la felicidad muta en rugido. Al chico se le adhiere entonces a la expresión una sonrisa que lo acompañará más allá del amanecer.

De pronto hay lágrimas en el público. Charly está cantando eso de que los amigos del barrio pueden desaparecer y hay abrazos, y un coro que se quiebra aquí y allá. Todo está demasiado fresco. El chico palpa esa catarsis colectiva en la piel y descubre de lo que es capaz un artista popular.

Unos días antes, el show compartido por Nito Mestre y Celeste Carballo había derivado en corridas. Un cachito de bardo. Tremendo para la época; naif recordado a tanta distancia. "Me dijo Nito que hay que venir con casco... Pero acá no pasa nada", arenga Charly. Y entona los gurkas siguen avanzando, los viejos siguen en TV... El chico no puede dejar de pensar en su papá, obesionado cada madrugada mientras intentaba sintonizar alguna radio lejana para saber, realmente, qué estaba pasando en esa guerra maldita.

El chico mira a Charly (¡qué alto que es!, descubre) y comprueba que esos dedos larguísimos han nacido para tocar el piano. Le encanta cuando acompaña la batería lanzando golpes al aire. El chico ya sabe de memoria varias canciones, pero una lo marca particularmente. Esa en la que Charly le explica que en este país los inocentes son los culpables, y que siempre hay un Rey de Espadas togado, vigilando que el trabalenguas trabe lenguas, y que el asesino... asesine. Y en silencio, a lo lejos, le dice a Charly que sus letras están invitándolo a pensar. Con el tiempo valorará infinitamente eso.

Es que el chico, en algún momento de esa noche inolvidable de mil novecientos ochenta y pocos decide que quiere pasarse la vida cronicando la realidad. Que necesita contar lo que ve. Que eso del periodismo es su inexorable destino. Feliz cumpleaños, Charly. Y gracias.